Los tres genios de la Escultura Conquense: Su Obra en el Museo de Cuenca

A la hora de hablar de la escultura conquense del siglo pasado hay que Hacer referencia irremediablemente a esos tres geniales maestros que conforman un triángulo inolvidable que, desde luego, ha marcado buena parte del arte conquense también en las generaciones posteriores: Luis Marco Pérez, Fausto Culebras y Leonardo Martínez Bueno. La obra de los tres se haya muy extendida por toda la ciudad, pero sobre todo en Semana Santa, cuando los pasos procesionales salen a la calle, inundando el alma nazarena de gran parte de los conquenses, pues hay que tener en cuenta que una parte importante de su obra, quizá no la mejor aunque siempre contrastada su calidad, forma parte de todo eso que se ha llamado la imaginería religiosa, un derivado de la escultura que vivió lo que se podría llamar edad de plata precisamente durante los años de madurez de nuestros autores. Sólo Fausto Culebras es ajeno a este fenómeno, y su maravillosa Santa Cena no logró pasar de ser un simple boceto.
Pero la obra de estos tres autores no la conforman sólo sus pasos de Semana Santa; en efecto, todos ellos cuentan con alguna escultura que adorna las calles de Cuenca durante todos los días de año. Poco es lo que a este respecto se puede decir de Marco Pérez que no se halla dicho antes, pues es raro quién desconoce sus hermosas estatuas monumentales, como la que dedicó la ciudad a los patriotas que murieron en la Guerra de África, que puede verse en el jardinillo triangular de la Hispanidad, o la del Pastor de las Huesas del Vasallo, a los pies de las Casas Colgadas; incluso también los más escondidos monumentos dedicados a Lucas Aguirre o a Clemente de la Cuba en el parque de San Julián, lugar en el que también se encuentra la brillante estatua del Hachero de la Sierra. Más desconocido es el relieve que se encuentra sobre la fuente del Escardillo, junto al Palacio de Justicia, que representa un momento de la conquista de Cuenca por Alfonso VIII, o Despertar, en los jardines de la Diputación Provincial. A medio camino en el reconocimiento de los conquenses, el monumento a Chicuelo II se halla, como no podría ser de otra forma, a la entrada de la plaza de toros, y también se puede citar en este sentido un grupo funerario que fue realizado para el panteón de la familia Serrano Andrés, y que se halla en el cementerio municipal.
Por lo que respecta a los otros dos autores, aunque su obra monumental conservada en nuestra ciudad es menos numerosa que la elaborada por el de Fuentelespino, también es importante. Fausto Culebras es el autor de sendos bustos de piedra que la Diputación Provincial dedicó a dos ilustres conquenses del siglo XV, Álvaro de Luna y Alonso de Ojeda, así como del Monumento Eucarístico que recientemente ha sido trasladado al Campus de Cuenca de la Universidad de Castilla-La Mancha, al mismo tiempo que se trasladaba hasta allí la Escuela de Magisterio. Más desconocida que las dos obras anteriores, al menos por lo que respecta a la autoría de la obra, es la Faz de Cristo que se halla en la bajada hacia la ermita de la Virgen de las Angustias, y también alguna escultura funeraria que así mismo se halla en el cementerio de Cuenca. Pero sobre todas los demás monumentos urbanos realizados por el de Gascueña, quizá destaque la primorosa Virgen con el Niño, que se puede contemplar adornando un típico rincón del pequeño callejón de la Madre de Dios, junto a la iglesia de San Felipe.
Finalmente, y por lo que respecta a Martínez Bueno, es autor de un pequeño relieve que representa a Alfonso VIII, a la entrada del hotel del mismo nombre, y de una imagen de bulto redondo que representa a Nuestra Señora del Sagrado Corazón, tallada en piedra en 1952 para ser colocada en un nicho, al pie del monumento al Corazón de Jesús que corona toda la ciudad desde su trono en el Cerro Socorro. Dos maneras diferentes de trabajar la escultura, dos formas distintas de sentir el arte. Más conocida su autoría por la generalidad de los conquenses es la Moza del Cántaro, que adorna una recoleta fuente en la plaza de San Nicolás, y una Maternidad suya decora también el jardín de la Diputación. Por último, su escultura Despertar, con la que ganó un tercer premio en 1943 y que durante mucho tiempo estuvo en el parque de Santa Ana, restaurada recientemente y pasada a bronce por Javier Barrios, recibe desde hace algunos meses a los turistas que llegan a nuestra ciudad desde la rotonda que se encuentra en la entrada de la carretera de Madrid.
Pero mi intención, ahora, no es en realidad la de analizar la obra monumental de estos tres grandes escultores conquenses, suficientemente conocida por la generalidad de sus paisanos, sino la de intentar descubrir a estos la obra que de ellos se conserva en el Museo de Cuenca, mucho más desconocida que la otra. No trataré de realizar un análisis profundo de toda ella, lo que en realidad resultaría imposible en un trabajo de estas características, sino la de reseñar algunas de ellas a base de pequeños trazos que puedan dar una idea general del conjunto. Si muevo a la curiosidad del lector para que éste pueda acercarse por sí mismo al museo para contemplar con sus propios ojos esa obra, daré por bien empleado el trabajo.
Luis Marco Pérez (1896-1975) es el mayor de los tres escultores, y su obra es más conocida por el conjunto de los conquenses. Se ha insistido muchas veces en lo que representa para la Semana Santa de Cuenca, de la que es el gran inspirador estético porque todavía, cuando un nuevo paso se incorpora a sus procesiones, se sigue comparando con la obra de Marco Pérez para discernir su aceptación o no por parte del conjunto de los nazarenos. No es extraño, por lo tanto, que una buena parte de la obra que de este escultor se encuentra en las salas del museo, esté relacionada con esa actividad imaginera: varios son los bocetos de sus pasos procesionales realizados en escayola, como la de los tres apóstoles que conforman la parte trasera del Paso del Huerto de San Esteban, o el grupo de la Virgen de las Angustias. A pesar de tratarse de simples bocetos, se puede apreciar ya en ellos muchas de las características formales empleadas por el artista de Fuentelespino de Moya en este tipo de escultura, tan cerrada a la imaginación del artista.
Quizá más interesantes que esos bocetos son sus obras profanas, de las que el Museo de Cuenca también abunda. Son interesantes sus retratos, como el de la Princesilla de la Hinojosa o el de la Cabrera de Cuenca (“El alma de Castilla es el silencio”), realizados ambos en bronce, y por lo que respecta a la piedra, sus excelentes bustos femeninos. En un estilo muy diferente a ese, se puede destacar también la obra de estética clasicista, como la Mujer del Macho Cabrío, o la Diana cazadora, excelentes representaciones ambas de desnudo femenino. Y por lo que respecta a su última etapa, alguna figura de carácter exótico, muy diferente a todo lo que hasta entonces había realizado, como diversos relieves inspirados en la tradición hindú, o la hermosa Platanera Camerunesa, que fue tallada en madera y policromada en la década de los años setenta, poco antes de su fallecimiento.
Fausto Culebras (1900-1959) era un escultor de carácter huraño, por lo que ya en vida tuvo con la ciudad del Júcar una relación de amor-odio que se mantuvo hasta su muerte, poducida en Quito, ciudad a la que había acudido para terminar de instalar el monumento que la ciudad ecuatoriana mandó erigir a la figura de Andrés Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete y virrey de Perú, a causa de un extraño accidente. Después, los conquenses no tuvieron más remedio que reclinarse ante la gran obra de este hombre, que había nacido en Gascueña con el cambio de siglo. Su obra en el Museo de Cuenca es también importante, y en ella destacan así mismo sus bustos, sobre todo sus bustos femeninos, elaborados con un estilo muy diferente al de Marco Pérez, un estilo si se quiere marcado por el primitivismo, del que participa el tratado que hace de los ojos, demasiado rasgados. Por sus enormes dimensiones se debe destacar también la imagen de San Antón, tallada en madera policromada para la iglesia de la Virgen de la Luz; por diversas razones, la talla no tuvo éxito en su hornacina del templo parroquial, y fue trasladada al museo poco tiempo después.
Quizá lo más importante de la obra que de Fausto se conserva en el Museo de Cuenca sea todo lo que está relacionado con el que iba a ser su gran paso procesional para nuestra Semana Santa, y que por diversos motivos no dejó de ser más que un hermoso sueño: la Santa Cena. desaparecido también el boceto de todo el grupo en su conjunto, que sólo es conocido por alguna fotografía, que nos interesa para saber apreciar la elaboración monumental que el autor había imaginado, en forma de arco apuntado con el fin de permitir la visibilidad del conjunto desde el frente, se conservan cuatro bocetos de escayola y dos tallas en madera, que representan todas ellas a diversos apóstoles de los que iban a formar parte del paso. Todas ellas representan a apóstoles sedentes, individualizados, excepto una de ellas, que representa a dos apóstoles cogidos del hombro, con la cabeza inclinada los dos hacia la izquierda, en actitud de escuchar al Maestro. La obra fue encargada por la Junta de Cofradías a mediados de los años cincuenta, y ya en vida del autor, a pesar de que nunca fue terminada, provocó el reconocimiento general del artista.
Finalmente, Leonardo Martín Bueno (1815-1977) es sin duda el más desconocido de los tres. Nacido en Pajaroncillo, trascendió al mundo rural al que por nacimiento estaba abocado gracias a su pasión por la escultura, siendo alumno de la afamada Escuela de Chelsea cuando estaba dirigida por Henry Moore. El conjunto de su escultura es muy variada, y como consecuencia de ello es también muy variada la obra que de él se puede contemplar en las salas del Museo de Cuenca. A su primera etapa corresponde la Cabeza de Ceres, realizada en piedra en 1942 con un estilo clasicista cercano al arcaísmo, y la Mujer Sentada, un hermoso desnudo femenino que representa a una mujer en actitud de peinarse. De etapas posteriores es Adoración de los Reyes Magos. Finalmente, de la obra de Martínez Bueno hay que destacar también otro tipo de escultura de carácter menos figurativo, más cercana a la abstracción, en la que se hace presente, más que en ninguna otra, el estilo que había aprendido en el Reino Unido. De todo este conjunto quizá destaque el Friso de las Panateneas, elaborado en piedra y donado al museo en 1979, como tantas otras piezas del artista de Pajaroncillo por la viuda de éste, Amparo Saint-Aubin.
Como he afirmado ya, no se trata de una relación pormenorizada de la obra de los tres geniales escultores conquenses, sino de un simple acercamiento a ésta. Una visita al propio museo, y en concreto a su sección de arte, menos conocida por el conjunto de la población que la sección de arqueología, permitirá profundizar en el conocimiento de cada uno de ellos.
Ilustración: Goliardo
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