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Cuenca - Información de tu ciudad Apuntes Históricos de la ciudad de Cuenca Vicente Acebedo

LUIS CEBRIÁN DE LERA, VASCO XXXVI - (1916-1936)

Ilustracion : Goliardo
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Ilustracion : Goliardo
Ilustracion : Goliardo
Ilustracion : Goliardo
Ilustracion : Goliardo
Ilustracion : Goliardo
En memoria de Javier Cebrián Andrés
y de Gabriel Cebrián Ibáñez.



Cuando redactaba una nota biográfica para el libro homenaje que la Fundación Antonio Saura dedicó en 2007 a Javier Cebrián, supe del interés de este por la historia de su primo Luis, pintor y joven idealista político asesinado en 1936. Utilizo en estas líneas una pequeña porción de lo escrito entonces.
La foto del busto de Luis y parte del material aquí reproducido se deben a la gentileza de María Antonia Cebrián y de su hijo José Lázaro, respectivamente prima y sobrino del pintor. Esta crónica de la vida y hacer del artista hubiera quedado muy pobre sin la sustancial aportación de otras obras y noticias del Vasco proporcionadas por la editora Concha Lledó, tan valiosas como los datos facilitados por Gabriel Cebrián, hermano de María Antonia.
Entrando en materia, resulta que durante la segunda mitad del siglo XIX, el matrimonio formado por Francisco Cebrián y Antonia Ibáñez se trasladó desde La Roda a Cuenca, donde hicieron construir una fábrica de tejas y ladrillos cerámicos en pleno campo, al lado de la carretera de Madrid. No era un tejar más de los abundantes a lo ancho del territorio rural castellano, sino un complejo con vocación industrial cuyo caserío incluía residencia familiar.
Francisco y Antonia tuvieron doce hijos, casi todos nacidos en el Tejar, una referencia que todavía hoy está presente en la conciencia identitaria de su amplia estirpe; ellos conservan fotos, documentación y memoria detallada del lugar. La industria de los Cebrián permaneció productiva hasta la segunda mitad del siglo XX, siempre con impulso y criterios modernizadores poco frecuentes para el lugar y la época: por ejemplo, en junio de 1936 sustituyeron el tradicional horno de leña por horno continuo, y Gabriel, décimo hijo, se había independizado el año anterior para instalar en la calle Ramón y Cajal una fábrica de mosaicos hidráulicos, técnica entonces puntera, luego desaparecida y hoy recuperada para la construcción de calidad.
El segundo de los vástagos, Juan Manuel, contaba catorce años hacia 1890, cuando causó la muerte instantánea de una hermanita pequeña al disparar accidentalmente una escopeta de caza. La familia procuró ayudar al muchacho, pero él no pudo soportar la vida en el entorno de la tragedia y un día desapareció. No volvieron a tener noticias suyas hasta varios años después, cuando para contraer matrimonio solicitó partida de nacimiento al Registro Civil de Cuenca.
El conquense Juan Manuel había llegado hasta Portugalete, Vizcaya, donde residía trabajando como minero del carbón en las galerías vinculadas a Altos Hornos, sobre la margen izquierda del Nervión. Su mujer se llamaba Felicitas de Lera, vasca de pura cepa a quien su marido tuvo que servir de intérprete al presentarla en Cuenca, pues no hablaba castellano. La pareja tuvo tres hijos y una hija, los cuatro fallecidos sin descendencia. El primogénito era Luis Cebrián de Lera, nacido en 1916.
La crisis financiera de principios de los años treinta afectó rápidamente y con dureza al complejo industrial vasco, sumiendo a los Cebrián de Lera en la precariedad económica. Por eso, hacia 1934 Luis fue enviado a Cuenca por su padre, para que pudiera ganarse la vida con alguno de sus familiares. El muchacho se quedó en casa de su tía Andrea Cebrián, que no tenía hijos, y comenzó de chico para todo en la ferretería de su marido, Reyes Fernández. En 1936, Andrea, ya viuda, marchó a Valencia y Luis pasó a vivir y trabajar con su tío Gabriel, el propietario de la fábrica de mosaicos hidráulicos.
Por entonces, con veinte años, Luis Cebrián de Lera ya había despertado interés en los círculos culturales conquenses, como dibujante y pintor que firmaba “Vasco XXXVI”. La única referencia impresa específica que conozco sobre él es del escritor Antonio Lázaro, coordinador de las entradas de Cuenca en el tomo X de la Enciclopedia de Castilla La Mancha, dirigida por Ramón Tamames y Raúl Heras. El texto dice:
“Cebrián de Lera, Luis. Pintor y dibujante. (Portugalete, Vizcaya, 1916; Cuenca 1936). Perteneció al grupo de Fausto, Segundo Pastor y Federico Muelas. Convirtió las paredes de “El Bergantín de la vela roja” en cuadernas de un navío pirata para la imaginación, el arte y la poesía. La guerra civil truncó, trágica y tristemente, su vida y un futuro artístico más que prometedor. Su obra, custodiada por amigos y familiares, revela a un artista con genio y con don. Generalmente en pequeño formato, recrea con frescura y modernidad paisajes conquenses y tipos románticos (el pirata, el pastor, etc.). Colaboró con el teatro pedagógico “La Cometa”. Federico Muelas lo evoca e un poema:

…con su capa de esclavina labriega
y el labio presto al vino, a la respuesta, al beso.”

“El Bergantín de la vela roja” era un local situado en lo que después fue Mesón de los Claveles, donde tenía lugar la tertulia a la que el pintor acudía para conversar con los mencionados en la Enciclopedia y con otros como el escultor Serrano, autor de su busto. El teatro La Cometa era un guiñol impulsado, como la revista “El Bergantín”, por el propio Federico Muelas.
Luis El Vasco se sumergió rápidamente en el ambiente de convulso compromiso político propio de la época en España y en toda Europa. Formaba la tertulia de El Bergantín un grupo vanguardista donde se hablaba de arte y literatura (Poe, Baudelaire) y sin duda, mucho de política, porque lo integraban seguidores y simpatizantes de José Antonio Primo de Rivera. Tras escuchar un mitin del fundador en la localidad de Belmonte, El Vasco se afilió entusiasmado a la Falange. No he encontrado ese discurso concreto, pero leyendo los que José Antonio pronunció en otros pueblos de esta provincia, no es arriesgado suponer que tendría similar contenido, con acentuados ataques a la plutocracia y amplias referencias a las clases más modestas. Conviene recordar que el fascismo y sus derivados, igual que el comunismo y el anarquismo, tenían todavía la pureza revolucionaria que algunos triunfos ahogarían en horror más tarde.
A principios de 1936 Cuenca vivía la efervescencia política de manera acentuada: en la confección de las candidaturas de la derecha a las elecciones de febrero se manejaron nombres muy significados, como José Antonio y el general Franco, resultando todo el proceso electoral conquense tan polémico que Indalecio Prieto todavía lo comentó desde el exilio, en su correspondencia con el escultor Sebastián Miranda (“Cartas a un escultor”, Buenos Aires, 1961); la CNT tenía una significativa presencia que incluía la propiedad de importante patrimonio inmobiliario, desarrollando gran actividad política y cultural; el amplio círculo socialista pivotaba en torno a personalidades como Juan Giménez de Aguilar y Rodolfo Llopis, catedrático de la Escuela de Magisterio hasta 1931, cuando fue nombrado Director General de Enseñanza Primaria; el propio Obispo Cruz Laplana, luego asesinado también, había financiado a los conservadores con su peculio personal.
Al estallar la guerra, Gabriel Cebrián prohibió a su sobrino Luis salir a la calle, haciendo correr el rumor de que había marchado a Bilbao para pasar una temporada con sus padres, pero una sirvienta instó a su novio a denunciarlo; el novio se resistió, pero acabó delatando. El Vasco fue detenido en su domicilio y encarcelado en el convento de las monjas de la Puerta de Valencia. Su tío Gabriel le entregó una moneda de plata de veinticinco pesetas, por si tenía algún gasto.
María Antonia Cebrián tenía entonces nueve años, suficientes para recordar cómo la misma sirvienta chivata la llevó ver a su primo y él, orgulloso, la cogió en brazos para presentarla a sus compañeros de celda, diciendo: “Mi prima Toñeja”. Al cuarto día Luis El Vasco ya no estaba, lo habían fusilado. Gabriel se hizo cargo del cuerpo y de sus efectos personales: documentación, fotos, un pañuelo. La moneda se la había llevado Caronte.
Hay otra referencia al pintor y al ambiente social en Cuenca, dispersa a lo largo de una extensa carta del joseantoniano Ismael Medina a Rafael Borrás, publicada en el número 14 de la revista “El Brocal”, marzo de 2003. El texto polemiza ampliamente sobre el papel de Primo de Rivera en los preparativos de la sublevación y sobre la situación general de España en 1936, pero contiene párrafos que corroboran mucho de lo ya escrito aquí.
Cuenta Medina que siendo muy joven vivía en Jaén, pero pasaba “cada verano con los hijos de los obreros del tejar en Cuenca de una tía viuda, en el que gané mis primeros reales ayudando a apilar ladrillos…Los chicos ya no jugábamos a policías y ladrones, sino a falangistas y socialistas. Imitábamos a los que con harta frecuencia se zurraban la badana… De lo que se cocía en Madrid me enteraba durante mis prolongadas estancias veraniegas en Cuenca… Conocí a alguno de los falangistas de Cuenca gracias a un sobrino de mi tía, la del tejar, cuyo padre, minero en Vizcaya, murió de tuberculosis… Le llamaban El Vasco, pintaba con soltura y lo fusilaron en las tapias del cementerio de Cuenca… Junto a uno de sus tíos paternos rescaté el cadáver… Los (falangistas) de Cuenca frecuentaban una tertulia literaria denominada El Bergantín…”
Obviamente, la tía de Ismael Medina era doña Antonia Ibáñez, la que llegó de la Roda, y el tío paterno de Luis era Gabriel Cebrián. Resulta revelador del grado de activismo político en Cuenca el hecho de que un jienense estuviera mucho menos informado que un conquense sobre “lo que se cocía en Madrid”.
No puedo terminar sin rendir homenaje a la memoria de Gabriel Cebrián Ibáñez, el tío que se desempeñó como padre durante los dos últimos años de vida de Luis el Vasco, los más intensos de su breve existir. La historia de Gabriel merecería texto aparte, pues constituye un dramático ejemplo de coraje y altura moral que vacuna contra la hemiplejia ética tan habitual en los relatos sobre las víctimas de nuestra guerra civil, cuando se las considera particularmente.
Gabriel fue un hombre de derechas, concejal conservador del Ayuntamiento de Cuenca, empresario de los de a pie tajo que convivía a diario con los trabajadores en la fábrica y en las tabernas del barrio de San Antón. Fue detenido a comienzos de la contienda y liberado en poco tiempo por la presión de CNT y UGT, promotoras de un escrito firmado masivamente. Consiguió luego pasar a la llamada zona nacional y no regresó a su ciudad natal hasta 1939.
No había conseguido salvar la vida de su sobrino Luis el Vasco y tampoco sus credenciales políticas ni los esfuerzos más denodados pudieron evitar después de la guerra la muerte de su propio hermano Manolo, el más pequeño de los doce. Era un médico de adscripción republicana que había intentado salir al exilio por Alicante, en el famoso mercante que nuca llegó. Murió en Manzanares fusilado por un pelotón de vencedores, sin más delito que sus ideas.
Gabriel sí pudo sacar a cuantos antiguos trabajadores de su fábrica encontró en los campos de concentración que jalonaban la carretera de Valencia. También consiguió que se conmutara la pena de muerte contra un carpintero comunista, pero esto no le salió gratis: un encolerizado gobernador civil le llamó, le preguntó si aún tenía miedo de los rojos y le impuso una multa de ¡5.000 pesetas de 1939!
Luis Cebrián de Lera, Luis el Vasco o Vasco XXXVI, es el arquetipo de la víctima inocente, igual que Manuel Cebrián. Y Gabriel Cebrián Ibáñez es la demostración de que en las peores circunstancias puede mantenerse la condición de hombre verdadero.

Vicente Acebedo
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