Los últimos de Filipinas: el Héroe Gregorio Catalán Valero

En el seno de una familia humilde —su padre fue jornalero agrícola— nació Gregorio Catalán Valero en Osa de la Vega el 12 de marzo de 1876.
Su infancia transcurrió en su pueblo natal, a cuya escuela asistió con carácter irregular, pues, a partir de los ocho o nueve años, para ayudar a la mantenencia familiar, ya quedaban incorporados al duro trabajo bien como rochanos de los hatos de ovejas, bien en las faenas agrícolas que no necesitasen el empleo de gran fuerza física, como escarda y trilla.
El niño se hizo un hombre y le llegó la hora de incorporarse al servicio militar. Fue destinado al Regimiento de la Constitución, acantonado en Pamplona.
Con motivo de las diferentes insurrecciones producidas en Cuba y Filipinas, últimas colonias del imperio español, hubo de embarcar rumbo a Manila, incorporado al Batallón de Cazadores Expedicionario número 2 adonde arribó el 3 de diciembre de 1896.
Entró en combate en Luzón para sofocar el levantamiento independentista y después, con objeto de relevar a otro batallón, diezmado por los ataques de los insurgentes tagalos, su unidad fue llevada a una pequeña población de la costa del Pacífico llamada Baler.
Lo allí sucedido lo narró en una entrevista, en el número 11 de la revista Estampa de 13 de marzo de 1928, el coronel don Martín Cerezo, quien finalmente alcanzaría el generalato a pesar de que en un principio le fuera negado:
El 30 de junio de 1898 quedamos ya encerrados y cercados en la iglesia de Baler. Éramos cincuenta hombres del Batallón Expedicionario número 2, mandados por los segundos tenientes Juan Alonso y yo... Con nosotros se habían metido en la iglesia el comandante político-militar del distrito del Príncipe, capitán Las Morenas, y el médico Vigil.
El día 1 de julio, los tagalos nos mandan el primer mensaje intimándonos a la rendición. No les contestamos y al día siguiente mandaron otro... ¡Muchos más habían de enviar inútilmente!. Y en todos nos dicen, más o menos, lo mismo: “Es una locura que os resistáis. España ha perdido ya las Filipinas. Todo el territorio ha caído en nuestro poder”.
El 8 de julio, el cabecilla Cirilo Gómez Ortiz nos escribe pidiendo una tregua para que la gente descansara, y diciendo que había sabido por los desertores —habían desertado de nuestro destacamento algunos soldados—, que estábamos muy mal de alimentos; que él estaba dispuesto a socorrernos y que mandásemos por lo que nos hiciese falta a individuos sin armas. Con esta carta venía una cajetilla de cigarros para el capitán Las Morenas y un puñado de pitillos sueltos, uno por cabeza.
Nosotros aceptamos la suspensión de hostilidades por unas horas, hasta el anochecer, y le contestamos que muchas gracias por su generoso ofrecimiento, pero que nos sobraban víveres. Y para probárselo le regalamos una botella de jerez y un puñado de medias regalías.
Pero no todo era parlamentar y hacerse finezas. Los insurrectos apretaban el cerco. Llegó un momento en que nos pusieron en una situación angustiosa, instalándose en los edificios que habían sido cuartel de la Guardia Civil y escuelas, que estaban a muy pocos pasos de la iglesia. Desde allí nos podían fusilar a placer. Para salvarnos, salió el soldado Gregorio Catalán Valero y, bajo el fuego nutridísimo de los enemigos, incendió el cuartel y las escuelas. Otra casa nos molestaba también. Y pocos días después, otro muchacho, Manuel Navarro, repitió la hazaña de Catalán: salió y la hizo arder.
Allí, encerrados entre las cuatro paredes de la iglesia, sin más provisiones que un poco de arroz y unas latas de conservas, medio podrido todo; respirando un aire viciado, ¡figúrese cómo estaríamos! En septiembre se declaró entre nosotros una epidemia de beri-beri. Su primera víctima fue el antiguo párroco de Baler fray Cándido Gómez Carreño, que murió el 25 de septiembre. El 30 cayó la segunda, el soldado Francisco Rovira. Tras ellos mueren, en octubre, el cabo José Chaves, el soldado Ramón Donat, el teniente Juan Alonso, jefe del destacamento; el soldado José Lafarga, el soldado Ramón López... Noviembre se lleva a otros cuantos camaradas: al soldado Juan Fuentes, al soldado Baldomero Larrode, al soldado Manuel Navarro, al soldado Pedro Izquierdo, al capitán Las Morenas. El día 22 de noviembre, cuando murió el capitán Las Morenas y yo asumí oficialmente todo el mando, hacía ciento cuarenta y cinco días que estábamos sitiados. Quedaban a mis órdenes treinta y cinco soldados, un corneta y tres cabos, aparte del médico Vigil y un sanitario. Nuestras provisiones eran unos cuantos sacos de harina toda ella fermentada y formando mazacotes, algunos más de arroz; otros que habían tenido garbanzos, pero que ya no guardaban más que polvo y gorgojos; algunas lonjas de tocino hirviendo de gusanos, algunas latas de sardinas averiadas, unas pocas habichuelas muy malas, algo de café, ni pizca de sal y bastante azúcar.
Estábamos en pie cuatro o cinco hombres de la guarnición. Todos los demás, enfermos; pero los enfermos tenían que hacer servicio. Los sacábamos de la cama y los llevábamos en brazos hasta los puestos de centinelas. Allí se les colocaba en una silla o cosa parecida y se les dejaba seis horas, tiritando de fiebre, abrazados a su fusil. A las seis horas, los cogíamos otra vez en brazos, los llevábamos a sus camas y sacábamos de otras camas otros centinelas.
Los moribundos, caídos en sus lechos, se entretenían calculando en qué sitio sería enterrado cada uno. De pronto se oía decir: “A mí me toca junto al altar mayor. A ti te toca en la sacristía.” Y las desmayadas voces disputaban.
Para disimular esta situación y que no la advirtieran los sitiadores, y para animar a los muchachos, organizábamos unas juergas desesperadas. Nos salíamos todos, los sanos andando y los enfermos arrastrándose, al corral de la iglesia y allí nos poníamos a cantar y hacer ruido, como frenéticos. Era siniestro ver a unos cuantos individuos esqueléticos y astrosos voceando furiosamente entre el estertor de los agonizantes y el tiroteo.
Nuestras mascaradas exasperaban a los tagalos. “Cantad —nos decían—, cantad, que ya lloraréis”. Otras veces hacían sonar en su campamento chillidos y risas de mujeres. Y nos gritaban: “¡Castilas, guaban babay!” Es decir, “¡Españoles, no tenéis mujeres!”
¡Mujeres! ¡Bastante nos importaban a nosotros las mujeres en el estado en que estábamos!
El cerco nos ahogaba. Otro héroe, el soldado Juan Chamizo, había repetido la proeza de Gregorio Catalán y de Manuel Navarro: había salido y, desafiando el fuego enemigo, había incendiado las casas más próximas a la iglesia, desde las que nos molestaba demasiado el tiroteo de los tagalos. Pero, a pesar de todo, nuestra situación era angustiosa. Ya no teníamos qué comer, ya no podíamos respirar dentro de la iglesia. Los treinta espectros que aún se sostenían en ella iban cayendo poco a poco. Nos abrazamos a una resolución desesperada.
El día 14 de diciembre, de diez y media a once de la mañana, es decir, a la hora menos indicada para cualquier tentativa, catorce hombres mandados por el cabo José Olivares se echaron de pronto fuera de la iglesia y cargaron a la bayoneta sobre los sitiadores. Otros cinco o seis soldados, buenos tiradores, apoyaban la carga desde la iglesia, disparando.
Se produjo un pánico enorme entre los tagalos. Los centinelas, tirando sus armas, echaron a correr seguidos por toda la fuerza. Corrían, corrían espantados, frenéticos.
Nosotros los perseguíamos y los macheteábamos despiadadamente, con la furia de tantos días quietos, soportando hambres y miserias bajo los fuegos de los sitiadores, impotentes, viendo morir a nuestros compañeros uno a uno.
Esta salida, que nos permitió destruir las trincheras enemigas, incendiar el pueblo, recoger algunos víveres frescos y ventilar y limpiar la iglesia, nos dio algún respiro. Los enfermos mejoraron y algunos se restablecieron del todo.
Pronto volvieron los fugitivos, sin embargo, y otra vez nos encontramos sitiados. Y otra vez empezamos a recibir intimaciones para que nos rindiéramos, diciéndonos que Manila se había rendido, que las Filipinas ya no eran de España.
Era verdad. Pero nosotros creíamos que era mentira.
El día 14 de febrero de 1899 se acercó a nuestro refugio un hombre con una bandera blanca. Salí yo a recibirlo.
—¿Es usted el capitán Las Morenas? — me preguntó.
—No, señor. Soy uno de los oficiales del destacamento. ¿Qué se le ofrece?
—Soy el capitán don Miguel Olmedo y vengo de parte del capitán general para hablar con el señor Las Morenas.
—El capitán Las Morenas no habla con nadie ni quiere recibir a nadie. Le han engañado ya muchas veces y se ha propuesto que no le vuelvan a engañar. Dígame usted lo que quiere y yo se lo diré.
A regañadientes me entregó un oficio que traía. Yo me fui hacia dentro, como si le llevara al capitán el pliego. Lo abrí y lo leí. Decía:
“Habiéndose firmado el Tratado de Paz entre España y Estados Unidos, y habiendo sido cedida la soberanía de estas islas a la última citada nación, se servirá usted evacuar la plaza, trayéndose el armamento, municiones y las arcas del Tesoro, ciñéndose a las instrucciones verbales que de mi orden le dará el capitán de Infantería don Miguel Olmedo y Calvo.- Dios guarde a usted muchos años. Manila, 1 de febrero de 1899.- Diego de los Ríos.”
Y debajo:
“Señor comandante político-militar del Distrito del Príncipe, capitán de Infantería don Enrique de las Morenas y Fossi.”
Yo no le concedí a aquello más crédito que a las noticias y actas de capitulación que ya nos habían transmitido los sitiadores. “¡Bah!, me dije, una añagaza de esa gente.” Y despaché al que yo creía falso capitán Olmedo, sin hacer caso de sus protestas.
Nosotros esperábamos que la salvación viniera por el mar. Confiábamos, no sabiendo que verdaderamente la guerra había terminado y que hacía meses que las Filipinas eran de los yanquis, que desde Manila viniera algún barco a recogernos. Y nos pasábamos los días contemplando el Pacífico a ver si allá a lo lejos aparecía el barco deseado.
Y un día, el 11 de abril de 1899, apareció.
Por la tarde, poco después de las dos, oímos de pronto un cañonazo lejano. Y luego otro. Y otro. Hasta diez.
Los muchachos brincaban locos de alegría.
—¡Una columna, que viene a socorrernos! —gritaban.
Todo el resto de la tarde la pasamos en acecho, esperando ver llegar de un momento a otro la columna liberadora.
Se hizo de noche y, según estábamos rodeados de tinieblas, procurando hendirlas con nuestros ojos ávidos, vimos nacer súbitamente en medio del océano una claridad deslumbradora.
—Es un... un... —balbució alguien sin atreverse a concluir la frase por miedo a engañarse.
Otra voz la acabó:
—¡Es un reflector! ¡Es un barco! —gritó.
¡Sí! ¡Era un barco! ¡Un barco que nos buscaba con su reflector en la tierra negra y hostil! ¡Un barco que venía a salvarnos!
Aquella noche nadie durmió en la iglesia de Baler. La pasamos apretujados los unos contra los otros, tendiendo los brazos hacia la luz amiga, la luz que tanteaba la oscura costa, buscándonos.
Al amanecer oímos un tiroteo muy vivo por la parte del mar.
No podíamos ver el combate, pero nos lo figuramos.
—Es el desembarco.
Cesó pronto el tiroteo y durante unas horas hubo un gran silencio. ¿Qué pasaría?
Esperábamos, esperábamos ansiosamente.
A la tarde, los cañones del barco empezaron a disparar. Los estampidos hacían temblar la iglesia. Veíamos a los tagalos correr campo adelante cargados con sus petates.
Pasó un rato y cesó el bombardeo.
—Ya están deshechos los tagalos —pensamos todos.
Y mandé a mi gente que se abocase a las aspilleras y que hiciese tres descargas seguidas para dar a entender al barco que aún vivíamos, que aún nos defendíamos. Pero nuestros disparos se perdieron en el aire sin que del barco respondieran.
Anochecía. Los soldados, subidos en lo alto de la torre, hicieron señales con luces. Nada. No nos contestaban.
A las cuatro de la madrugada se apagó el reflector. El vapor se puso en marcha y sus luces se perdieron de vista tras la punta del Encanto, camino de Manila. Se iba.
Aquel vapor era el cañonero norteamericano Yorktwon, enviado por el gobierno de los Estados Unidos para rescatarnos. Un oficial con catorce hombres y una ametralladora desembarcó, pero los tagalos se echaron sobre ellos y los exterminaron. Y el barco, en vista de ese contratiempo, se había marchado después de bombardear a los insurrectos.
Y seguimos resistiendo a la desesperada. Ya apenas comíamos. Nos alimentábamos, si se puede decir así, con una especie de cataplasma hecha con hojas de calabacera y algunas sardinas de lata, podridas; algo de carne, a veces: algún perro, algún gato, reptiles, cuervos...
Pero peleábamos aún. Una noche se acercó un grupo de sitiadores a abrir agujeros en nuestro asilo para impedirnos tomar agua de un pozo que había hecho yo al principio del sitio y que nos surtía bien. Nos apercibimos, y a la mañana cerramos las brechas. Y a los que andaban pegados al muro intentando volver a abrirlas, les rociamos con agua hirviendo; los cazamos a tiro de revólver. Se oía chirriar las carnes de aquellos indios al caer sobre ellas el agua abrasadora. Gemían como ratas. Pedían clemencia.
—¿Qué, está caliente el café? —les gritábamos con una alegría feroz.
Uno, herido de un balazo, lloraba. Y un soldado le preguntaba a través de la tapia:
—¿Qué te pasa a ti, monín? ¿Te hemos hecho pupa? ¿Estás malito?
Diecisiete sitiadores quedaron allí muertos, junto al muro de la iglesia.
Una hora después de este parlamento nos pidieron parlamento desde las trincheras enemigas, enarbolando una bandera española. Y avanzó hacia la iglesia un señor con el uniforme de teniente coronel de Estado Mayor de nuestro Ejército: el teniente coronel don Cristóbal Aguilar y Castañeda, comisionado por el general don Diego de los Ríos para recoger el destacamento, según me dijo. Yo no le oculté que no le creía:
—Puedo enseñarle mis documentos —me ofreció, sacando un gran sobre. Me encogí de hombros.
—Traigo —me dijo entonces— un vapor para llevarlos a ustedes a Manila. Si pasa por la parte del mar que ven ustedes desde la torre y hace la señal que usted me indique, ¿me creerá?
—Bueno —concedí—. Que pase y que dispare dos cañonazos sobre la sierra.
—Se hará —aseguró el supuesto teniente coronel.
Y en efecto, al día siguiente, 30 de mayo, el vapor pasó y disparó dos cañonazos.
Pero ni aun así creíamos que aquel señor fuera de verdad teniente coronel de nuestro Ejército. El vapor nos pareció un lanchón disfrazado y el supuesto teniente coronel un tagalo o un desertor. Así que cuando, a la tarde, se presentó otra vez, lo despaché sin miramientos, como al capitán Olmedo.
—Pero si este territorio ya no es nuestro. Si ya está hecha la paz.
—Bueno, pues si está hecha la paz, que se retire esa gente.
—¡Es una locura! ¡Es una barbaridad!
—¡Pch!
El señor Aguilar me consideraba perplejo.
—Y si viniera el general Ríos, ¿le haría usted caso? —me preguntó por último.
—Sí, a él sí —le respondí.
Se fue, dejando en el suelo un paquete de periódicos. Viéndole alejarse, un soldado que estaba junto a mí se echó el fusil a la cara:
—¿Quiere usted que lo mate, mi teniente?
Allí, en aquel paquete de periódicos que nos había dejado el teniente coronel Aguilar, estaba el desenlace del drama.
De momento creímos que los periódicos, como el vapor, como el teniente coronel y como todo lo que nos llegaba de fuera, eran falsificaciones. Había una porción de “El Imparcial”, de “El Imparcial” de aquí, de Madrid, en los que se hablaba de la pérdida de las colonias, de la repatriación.
Examinándolos, nos reíamos desdeñosamente.
—Es “El Imparcial” falsificado por estos indios para engañarnos.
Como no teníamos ya víveres para sostenernos, estábamos decididos a escapar, aprovechando la noche, hacia el bosque, para esperar allí socorros de España. Y ya me ocupaba en ultimar la expedición. Faltaban ya sólo unas horas para que la emprendiéramos cuando, repasando una vez más los números de “El Imparcial”, encontré en uno de ellos una noticia. Era una noticia brevísima, escondida en un rincón del periódico. Una noticia que para nadie más que para mí tenía importancia:
“El segundo teniente de la Escala de Reserva de Infantería don Francisco Díaz Navarro, decía el periódico, pasa destinado a Málaga”.
Aquel oficial era íntimo amigo mío. Habíamos sido compañeros en el Regimiento de Borbón. Le correspondió ir a Cuba y sabía que, al concluir la campaña, pensaba pedir que lo destinaran a Málaga donde vivían su familia y su novia.
Pero esto no lo podían saber los tagalos. Aquella noticia, al menos, no era una falsificación. Y si esta noticia no era falsa, no era falso el periódico. Era efectivamente “El Imparcial”. “El Imparcial” de Madrid. Y lo que contaba, la pérdida de las colonias, era verdad. ¡Las Filipinas ya no eran nuestras! ¡Aquel pedazo de tierra que tan obstinadamente defendíamos no era nuestro! ¿A qué seguir peleando entonces?
Tocamos llamada. Enarbolamos bandera blanca. Vino el jefe de los sitiadores y hablamos. Me ofreció que conserváramos las armas. Que yo pusiese las condiciones de capitulación que quisiera. Extendí el acta. La firmamos.
Y el 2 de junio de 1899 salimos de la iglesia de Baler. Habíamos resistido en ella trescientos treinta y siete días.

Las dos primeras páginas del diario “La Vanguardia” del 2 de septiembre de 1899 reflejan con emoción la llegada de los últimos de Filipinas a España, al puerto de Barcelona. Bajo el título “La repatriación a bordo del Alicante”, puede leerse:
Oficialmente se sabía que ayer, por la mañana, debía llegar a esta ciudad el vapor correo «Alicante», procedente de Filipinas. Nadie ignoraba que a bordo del buque llegado ayer, regresaba a España el heroico destacamento de Baler.
Sin ninguna sorpresa ni retardo en la hora de la llegada, arribó a este puerto el Alicante». En la plaza de la Paz hallábanse a la hora en que dicho buque mojaba fondos en aguas de la primera andana, algunos individuos de la Cruz Roja y un grupo de curiosos de unas cincuenta personas.
Luego llegó el gobernador militar, general don José García Navarro, vestido de paisano y acompañado de sus ayudantes, embarcando en la falúa de la Sanidad del Puerto y trasladándose a bordo inmediatamente.
En una lanchita de alquiler llegamos hasta el costado del buque, y allí sí que la concurrencia era verdaderamente grande.
Cerca de un centenar de botecitos bailoteando descompasadamente, golpeándose y luchando unos con otros por adelantarse, hacían imposible el poder llegar hasta la escala de babor, que era la única que debía ser practicable.
El buque iba lanzando el cabo de amarre y, colocándose en el sitio definitivo, y de las barquillas aglomeradas a su costado, salía un clamoreo que tenía algo de disputa impaciente.
Las que aguardaban en las lanchas eran algunas señoras y señoritas inmóviles, calladas, mirando hacia la cubierta del buque como si quisieran descubrir la fisonomía de algún pariente: algunos periodistas, dos o tres fotógrafos, y el resto, casi sin excepción, eran comisionados de hoteles, mandaderos de rondas y mozos de cordel.
Pugnando a puñetazo limpio con aquel enjambre de buscones de huéspedes, pudimos llegar hasta la oscilante escalera del buque, al tiempo que veíamos caer al agua a algunos de aquellos activos comisionados.
Y a bordo del «Alicante», nuestro afán fue, naturalmente, buscar a los individuos del destacamento de Baler, los valientes que a tantos honores se han hecho acreedores.
EL DESTACAMENTO DE BALER
Entre el tejer y destejer de la gente que vagaba sobre cubierta y en los pasillos y cámaras del buque, pudimos ir conociendo a aquellos héroes modestos, a aquellos supervivientes del destacamento de Baler que tan gallardamente ha sabido mantener desplegada la bandera de España, cuando ya sus colores no volaban rizados por las brisas de ninguna costa de ninguna posesión ultramarina de aquel Imperio que fue.
De complexión física nada robusta ninguno de ellos, pero de porte decidido y de espíritu templado, todos, absolutamente todos los 33 soldados españoles que han vuelto de luchar en Baler, son más que un orgullo para el ejército y un consuelo para España entera.
Son, moralmente, Unos héroes: y estadísticamente... Hay casos de los que no pueden formarse estadísticas.
Para honrar a los valientes soldados que hasta el 2 de junio han permanecido agrupados a aquella bandera, manteniéndola enhiesta cuando ya sólo se alzaba por aquellos mares en las popas de los buques mercantes, y aún raramente, para honrar a los héroes de Baler, basta copiar sus nombres, honrando estas columnas.
Restan sólo de aquel destacamento el segundo teniente don Saturnino Martín Cerezo, un joven moreno, de luengos bigotes y luenga barba, complexión al parecer no muy robusta, aunque a no dudar de gran resistencia, de andar penosísimo y de palabra breve.
El médico provisional don Rogelio Vigil de Quiñones; los cabos Jesús García Quijano y José Olivares Conejero; el corneta Santos González Roncal, y los soldados Juan Chamizo Lucas, José Hernández Arocha, Luis Cervantes Dato, Manue1 Menor Ortega, Vicente Pedrosa Carballeda, Antonio Bauzá Fullana, Domingo Castro Gomarena, Eustaquio Gopar Hernández, Eufemio Sánchez Martínez, Emilio Fabregat Fabregat, José Jiménez Verro, Felipe Castillo Castillo, Francisco Real Juste José Pineda Tura, José Martínez Sonto, Loreto Gallego García, Marcos Mateo Caresa, Miguel Pérez Leal, Miguel Meridez Expósito, Pedro Vila Gargante, Pedro Planas Basagaña, Ramón Mir Brils, Ramón Boades Tormos, Ramón Ripollés Cardona, Timoteo López Lario, Gregorio Catalán Valero, Marcelo Adrián Obregón (de Administración Militar) y Bernardino Sánchez Cañizos (da Sanidad Militar).
A las doce y media, y previa orden del general García Navarro, desembarcaron, llegando a la Puerta de la Paz, a la sazón en que les aguardaba un grupo de cerca de cien personas.
Entonces resonó un aplauso de entusiasmo: un aplauso vibrante, espontáneo.
Luego los expedicionarios, acompañados de un ayudante del Capitán general y de hasta unas cincuenta personas, se dirigieron a la Capitanía, donde les aguardaba, vestido de paisano, el señor conde de Caspe.
Subieron al primer piso del palacio de la Capitanía por la escalera do servicio, y ya en el despacho del Capitán genera!, recibioles éste no sólo con su proverbial amabilidad, sino con algo que vale más que todo esto.
El general Despujol, emocionadísimo, recibioles con el corazón en los labios y los brazos abiertos de par en par. Habloles con la autoridad de un superior y la elocuencia de un padre cariñoso, diciéndoles que en medio de las tristezas, de las amarguras, de las angustias indecibles de la Patria, después de la epopeya del Caney, el único ejemplo que nos quedaba de nuestras antepasadas glorias fue el que estaban dando en las soledades de la contracosta de la isla de Luzón aquellos soldados que, sin noticias de los jefes superiores de quienes dependían, sin esperanza de recibir esfuerzos, únicamente con el sentimiento del propio deber, con la confianza en Dios y con el recuerdo de la Patria, se mantuvieron firmes, rechazando los ataques y las añagazas de sus enemigos, pronunciando siempre ¡viva España!
Entonces resonó un nutrido ¡viva!, unísono y valiente, salido de los labios de aquellos bravos soldados.
El señor conde de Caspe abrazó al teniente señor Martín Cerezo y al médico señor Vígil de Quiñones, abrazando en ellos a todos los soldados que con ellos pelearon, y al despedirse díjoles con vibrante acento:
«Bienvenidos seáis, y recordad sin jactancia, pero con orgullo, que habéis formado parte del destacamento de Baler.»
El general. Despujol dio tal intensidad de emoción á sus palabras, que todos los allí presentes salimos con lágrimas en los ojos.
Es un consuelo que la agradecemos.
VARIAS NOTICIAS
Después de haber sido fotografiados los héroes de Baler en el patio de la Capitanía general, se dirigieron al cuartel de Jaime I, en donde se les tenía preparado alojamiento en el dormitorio de sargentos de los regimientos de Navarra y de Albuera.
El alcalde accidental recibió ayer a una comisión de jefes y oficiales del regimiento de Navarra que solicitaron del Ayuntamiento que prestara algunos objetos para adorno de la mesa en que anoche fue servido el banquete con que obsequiaron a los héroes de Baler.
El alcalde dio las órdenes oportunas para que al cuartel de la calle de Sicilia se llevaran algunos objetos, y plantas y flores. Además, dispuso que el Municipio les obsequiara con cajas de tabacos y botellas de champagne.
El distinguido oficial primero de Administración Militar, don Luis Jordán Larre, que llegó también ayer de Filipinas, ha dedicado a los soldados del destacamento de Baler un hermoso álbum con los autógrafos de todos ellos y sentidísima dedicatoria.
El general Jaramillo, los jefes y oficiales del arma de Infantería presentes en Manila, regalaron a cada uno de los soldados una placa de oro y plata, y de oro y brillantes a los oficiales, recordándoles la fecha de su llegada a Manila (8 de junio de 1899). En cada una de dichas placas, que figuran el escudo español, va grabada la correspondiente dedicatoria y el nombre del militar que la posee.
Don Venancio Balbás, director del Banco Español Filipino, giró a la par los dos mil y pico de pesos resultado de la suscripción iniciada por el notario de Manila y con el producto de dos funciones teatrales dadas en el «Centre Cátala».
EL RESTO DEL PASAJE
He aquí los pasajeros que llegaron en el «Alicante»:
Capitanes: don Tesifonte Angulo, don Joaquín Monfort, señora e luja, y don Jaime Bayona.
Tenientes de infantería: don Antonio Silva, don Antonio Herrero, don Francisco Rodríguez, don Eustaquio Martín, don Cristóbal Rubio, señora y cuatro hijos; don Manuel González y señora, don Bernabé Tirado, don Francisco Barrado, don Emilio Redondo, don Manuel Ruiz, don Casiano Casado, don Ramón Viílella y cinco hijos; don José Alegret, don Telesforo Fernández, don Vicente García, don Andrés Ares, don Manuel Martínez, don Gervasio León y don Saturnino Martín.
Oficiales de Administración militar: don Luis Jordán, señora y cinco hijos, don Leopoldo Virto y un hijo, don Joaquín Alcázar, señora e hijos; don Emilio Coronado y señora, don Jesús Morales y señora y don Amable Argüelles
Guardia civil. Oficiales: don José María Castells don José Gómez Laserna, señora e hijos, don Enrique Puig. Alférez de navío don Carlos Pineda. Dos sargentos, 87 cabos y soldados de infantería, cuatro cabos de mar, dos marineros y ocho soldados de infantería de marina.
Religiosos: fray Segismundo Real, Bernardo Sarriá, Toribío Zibel, Jerónimo Satrústegui, Ricardo Romero, Manuel Queraltó, Mamerto Lizarraín, Víctor Díez, León Ochoa- Marcos Beltrán, Lorenzo Baigorrí, Braulio Escalera, Juan Terres, Gaspar Balaguer, Guillermo Llovera, Jacinto Molins, Ramón Rícart, Miguel Alaix, Vicente Balaguer, Miguel Rosselló.
Hermanas de la Caridad: Inés Gorría, Narcisa Ibuici, Francisca Catrinas, Isabel Vicuña, Rosa Glosas, Antonia Fernández, María Ürzaínqui.
Particulares: doña Áurea de los Santos, doña Florentina Pérez e hijo, don Camilo Robert, don Gregorio Vicente, señora y dos hijos; don Jesús Chacartegui, don Antonio Juncaaella, don Esteban Puigdangolas, doña Ro;sa Isaac e hija, don Jaime Domenech, doña María Rita Aguirre, doña Carmen Valle, doña Mariana Aguirre, doña María González, doña Soledad Aguirre, doña Mlaría Blanco y dos hijos; doña Mercedes Mamblona, doña inocencia Cortina, don José Gorroño, don Leandro Romero, señora e hija; don Ramón Pujol y dos hijos, don .Francisco Campos, don Antonio Ortega, canónigo y familia, don Eduardo Fumador, don Francisco García Ponce, don Rogelio Vigil, don Emeterio Ruiz, :señora é hijos, don Francisco López, don Juan de Dios Puertas y familia, don José Bosch, don Manuel Jiménez y familia, don Miguel Pascual, don Florencio Gricolea, don José Mª Bueno, don Gabriel Ferrón, don Manuel Rodríguez.

Gregorio retornaba a su pueblo natal, donde lo esperaba no sólo la familia sino todo el vecindario, el 6 de septiembre de aquel 1899. Regresaba Gregorio enfermo del pecho y justamente dos años más tarde, el 6 de septiembre de 1901, moría en Osa de la Vega, en el mismo lugar donde naciera, siendo honrado desde su vuelta a la patria chica como lo que realmente fue: un héroe español. Murió a causa de la tuberculosis contraída en Filipinas tras padecer tantas calamidades.

El periódico de Madrid “La Correspondencia de España”, el domingo 26 de septiembre de 1915, le dedicaba a Gregorio Catalán Valero una amplia reseña motivada por los actos que el Ayuntamiento de Osa de la vega le dedicó, materializados en la colocación de una lápida en su memoria, ceremonia a la que asistieron diversas autoridades provinciales:
GREGORIO CATALÁN, HÉROE DE BALER
El Ayuntamiento de Osa de la Vega, queriendo honrar la memoria del vecino de aquel pueblo, el soldado benemérito de Baler, acordó que entre los festejos de este año figurase la inauguración de una lápida para perpetuar el recuerdo del hecho heroico realizado por Gregorio Catalán Valero.
Para el acto de descubrir la lápida fueron invitados por el Ayuntamiento, en nombre del pueblo, los gobernadores civil y militar, los cuales ofrecieron corresponder a la invitación, y el día 13 del corriente mes se trasladaron ambas autoridades en automóvil, de la capital a Osa de la Vega distante 114 kilómetros.
Los gobernadores fueron recibidos a los acordes de la Marcha Real y aclamados con verdadero entusiasmo, constituyendo una numerosa manifestación entre la que se destacaban los niños y niñas que pertenecen a la Mutualidad Escolar establecida en este pueblo gracias a la gestión acertada de su alcalde don Pedro Guerra.
Después de un breve descanso, se dirigió toda la comitiva a la iglesia parroquial, de donde salió poco después la procesión cívica, dirigiéndose a la espaciosa plaza donde se halla el edificio del Concejo y en cuya pared se ha colocado la lápida, motivo del acontecimiento que se celebraba.
A los acordes del himno nacional, los dignísimos gobernadores militar y civil, señores La Rica y Peris, descorrieron la tela que cubría la lápida y el público prorrumpió en aplausos y vítores.
Acto seguido, el alcalde, desde el balcón de la casa del Ayuntamiento, dirigió sentidas frases de gratitud al pueblo y a las autoridades provinciales que se habían dignado asistir al acto. Y a continuación, el virtuoso sacerdote de la iglesia del Salvador, de Cuenca, D. Bernardino Higueras, pronunció un elocuente discurso en cuyos sentidos párrafos, que fueron muy aplaudidos, elogió el hecho realizado por Gregorio Catalán y enalteció a la Patria y a sus héroes.
El gobernador civil don Ramón Peris dirigió al pueblo la siguiente alocución:
“Después del elocuente discurso que acabáis de oír al sacerdote don Bernardino Higueras y de los unánimes aplausos que le habéis prodigado, haciendo justicia a tan brillante disertación, poco, en realidad, me quedaría que deciros si no tuviera que corresponder con mi agradecimiento sincero e íntimo a las manifestaciones de respeto y cariño que he oído de vuestros labios a mi llegada a este honrado y laborioso pueblo. Vítores que yo agradezco por cuanto ellos van dirigidos al Gobierno de S.M. el rey don Alfonso XIII, que inmerecidamente represento en esta provincia.
Tengo que haceros una confesión, y es que en este instante, en presencia del hermoso espectáculo que aprecia mi vista, que realizáis para honrar la memoria de vuestro convecino, el héroe de Baler Gregorio Catalán Valero, me siento compenetrado con vuestros sentimientos patrióticos en tales términos, que la impresión que experimento me embarga mis sentidos, y las ideas que se anidan en mi cerebro bajan con gran torpeza a mi boca para poder deciros con la elocuencia debida que nuestros corazones se funden en uno solo; nuestros pensamientos todos acarician una misma idea; nuestras miradas, al dirigirse todas a la lápida que acabamos de descubrir, están reflejando una misma imagen y a nuestros labios acuden las palabras: ¡Quién fuera él!
Sí. Quién fuera él para dar días venturosos a nuestra amada Patria y ocupar un lugar preeminente en su historia; para que las generaciones presentes y futuras miren el digno ejemplo y sea siempre puesto como representación del más acendrado patriotismo; para que las madres le recen a todas horas y las tiernas inteligencias de los niños le recuerden con admiración y le bendigan todos los hidalgos y nobles pechos de sus comprovincianos. Pero a nosotros, al tener este deseo, nos guía el estímulo del caso glorioso, el impulso de la pasión patriótica, enardecida por el acto que estamos presenciando, y a vuestro convecino sólo le llevó el cumplimiento de su deber jurado, sin pensar si existían testigos de su heroísmo y su valor, y en si luego más tarde recibiría su premio, su merecida recompensa, el aplauso de todos y el agradecimiento de su amada Patria.
Gregorio Catalán Valero, portándose como se portó, supo ofrecer su vida antes que faltar a la ley suprema del deber. ¡Benditos seres que así honran a su querida España!
Hoy, el pueblo de Osa de la Vega, presidido por sus autoridades, rinde el tributo debido a aquel héroe de imperecedera memoria. Honra al hijo que, en defensa del honor patrio, llevó a cabo aquella heroicidad, consagrada por la opinión pública, y que, guiado y amparado por la Divina Providencia, pudo morir luego más tarde en la tierra en que vio su luz primera con la tranquilidad del justo, al lado de sus seres más queridos y recibiendo las bendiciones de todos vosotros y de sus padres, que Dios, en sus altos designios, les ha conservado la vida para que presencien en este imborrable día la glorificación de su querido hijo.
Y pueblos cuyas autoridades, apartándose de las amargas realidades del vivir, elevan sus corazones y educan a sus gobernados en la práctica de las virtudes cívicas, merecen la admiración y el aplauso de todo gobernante. Y el que tiene la honra de dirigiros en estos momentos la palabra se siente orgulloso de gobernar una provincia que cuenta entre sus honrados y trabajadores conquenses hijos como Gregorio Catalán Valero, que fue enaltecido por sus jefes, premiado por el Estado con la cruz laureada de San Fernando. Y ahora, cuando la prensa, a la cual me honro en pertenecer, publique la noticia de que aquí nos hemos congregado para perpetuar la memoria de un soldado benemérito, a las alabanzas acompañarán el aplauso fervoroso de este hermosísimo acto y dedicarán al héroe de Baler un sentido recuerdo y una cristiana oración.
En la mente de todos se halla grabado el hecho. Lo acabáis de oír de labios de un orador sagrado que, si la magia de su palabra une la fe del creyente de las glorias españolas; lo podéis leer en el relato del entonces teniente don Saturnino Martín Cerezo y en el folleto que el distinguido periodista conquense señor Benítez ha tenido la generosidad y el buen acierto de escribir para este solemne acontecimiento, folleto que se os repartirá gratis y que yo os ruego que conservéis como preciado tesoro para que lo lean vuestros hijos, y éstos lo conserven para los que les sucedan; pues todos debemos poner de nuestra parte todo cuanto podamos para evitar desdichadas debilidades de la voluntad o perezas de desmedradas memorias que lleven al olvido un hecho histórico que tanto enaltece a Osa de la Vega como enaltece al Ejército español, puesto que Gregorio Catalán, en el instante de lanzarse a realizar su heroica empresa, en el momento aquel en que, poseído por la inspiración divina del mártir, se decidió a llevarla a cabo para salvar la vida de sus compañeros y con ella el honor nacional, seguramente que les dedicaría un recuerdo a sus padres y al pueblo que lo vio nacer, y dirigiría su mirada a la bandera de su querida Patria; a esos vivos colores que hace poco cubrían la lápida que le dedicáis y que, al tirar de los cordones para descubrirla a vuestras ansiosas miradas, el dignísimo gobernador militar señor La Rica y el que tiene la honra de dirigiros la palabra, han quedado formando simbólico cuadro al mármol en que está grabada la sentida dedicatoria.
En Baler quedaron, con el capitán Las Morenas, cincuenta y seis hombres, que de ellos sobrevivieron treinta y dos. Y que el sitio duró desde junio del 98 a junio del 99; es decir, muchos meses después de haberse firmado ya la paz y cuando las islas Filipinas habían pasado a poder de los americanos.
Los primeros meses bajo el mando del capitán Las Morenas, y luego bajo el del teniente Martín Cerezo, resistió el pequeño destacamento toda la fuerza de la insurrección filipina, y sólo se rindió cuando, falto de municiones, comprendió su jefe que la resistencia era ya inútil y que, terminada la guerra, no había otra solución que parlamentar.
Entre los soldados a sus órdenes figuraba uno de los más adictos al jefe y de su mayor confianza: Gregorio Catalán Valero. Dice de él Martín Cerezo en su libro:
«Tócame ahora referir un hecho de abnegación y heroísmo digno de todo encomio: el realizado por otro modestísimo individuo, Gregorio Catalán Valero. Es el primero de los que fue testigo aquel sitio y es, igualmente, de los que merecen ser primero.
Faltaba poco para cerrar aquel cinturón de trincheras y vimos que para broche o término las dirigían al cuartel de la Guardia Civil, situado a menos de quince pasos de la iglesia, frente a la esquina de la parte Noreste. Desde allí era indudable que podían hacernos mucho daño, tanto por la cercanía y condiciones del edificio como por el dominio que hubiera podido ejercitar sobre nosotros. Era preciso evitarlo a todo trance y así lo hizo Gregorio, con una serenidad y un arrojo verdaderamente admirables. Salió, y bajo un fuego nutridísimo, incendió no sólo dicho cuartel, sino también las escuelas; pero con tal habilidad y reposo, que las tres construcciones quedaron arrasadas completamente, muy a despecho de aquella nube de insurrectos que, aun siendo tantos, no se atrevieron a desafiar nuestro plomo, saliendo a pecho descubierto para impedir la realización de aquella empresa.»
Éste es el esquema del hecho y la lápida que acabamos de descubrir será siempre un ejemplo vivo para todos los españoles, un legítimo orgullo para todos los osenses y un recuerdo imperecedero para este solemnísimo acto; acto educativo de una importancia sumamente trascendental; acto que por tantas manifestaciones eleva los corazones a Dios y fortalece los espíritus en términos que les saca del desconsolador pesimismo; que abre los ojos a una halagadora esperanza y que es la resultante de la educación provechosa y aprovechada: de aquella educación que establece entre los educadores y los educandos esa relación íntima que la ampara en mutuo respeto y le da vida fructífera el amor. Sí, amor a sus semejantes, amor a cuantas cosas nos rodean y están a nuestro alcance cuidarlas y mejorarlas; amor a cuanto está en nosotros mismos; amor hasta el sacrificio de nuestras vidas para gloriar a nuestra Patria querida. Y que cada virtud nuestra —como ha dicho hace poco el excelso dramaturgo D. Jacinto Benavente— sea una virtud de nuestra España; que cada uno de nuestros pasos, si son buenos, hagan mejor el camino. Y que el verdadero patriotismo no esté en gloriarnos de ser hijos de nuestra Patria, sino en ser nosotros tales, que allí donde estemos y fuéremos, vayan con nosotros la justicia, la lealtad, la abnegación, la intención honrada y el propósito noble. Y antes que ufanarnos nosotros de nuestra Patria, sea el extraño el que se ufane de nosotros, y por los hijos conozca a la madre y digan todos con respeto: En verdad que estos hombres buenos de buena patria son, sin duda alguna.
Esto digo para terminar, parodiando las palabras de tan eminente literato, al laborioso pueblo de Osa de la Vega, que, siguiendo como hasta aquí, vuestros actos, vuestra cultura y vuestro patriotismo sean una prueba plena en toda ocasión de que sois buenos hijos de la madre Patria, y que al recordar y enaltecer a vuestros heroicos convecinos queréis recordar y enaltecer también al Ejército español, en cuyas filas militó, y patentizar por modo muy expresivo y elocuente que, como él, estáis dispuestos a ofrecer hasta vuestras vidas por el bien y la salvación de España.
¡Viva, pues, el pueblo de Osa de la Vega! ¡Viva el Ejército español! ¡Viva el rey!”
Vivas que fueron contestados por todo el pueblo con gran entusiasmo.
Seguidamente, el gobernador militar dio lectura al siguiente discurso:
“Señores: en nombre del rey y autorizado por el excelentísimo señor ministro de la Guerra y capitán general de la región, e invitado por las autoridades locales para asistir al acto solemne de descubrir la lápida conmemorativa, dedicada al hijo de este pueblo Gregorio Catalán Valero, cuyo nombre se hizo imperecedero al morir a causa de los padecimientos sufridos por defender la Patria, honrándome igualmente al dirigir un saludo al dignísimo jefe, que lo era entonces de aquel destacamento, D. Saturnino Martín Cerezo, que, con su abnegación y sacrificio, elevó a la heroicidad a aquellos valientes y sufridos soldados. Que la noble iniciativa del Ayuntamiento y pueblo de Osa de la Vega nos depara la oportunidad de rendirle el homenaje que merece, en descargo de la deuda impagable que tenemos contraída, como españoles y militares, con todos y cada uno de ellos por el hecho que realizaron, que constituye el enaltecimiento de España; que, contando con pueblos que saben honrar a sus muertos, no puede morir por muy grandes que sean sus desgracias y por muy fuertes que sean sus dolores.
Que el heroísmo y abnegación de este soldado benemérito, que venimos a ensalzar, sirvan de ejemplo y estímulo a todos para que la Patria y el rey, su más alta y augusta representación, puedan siempre y en todo momento descansar en la seguridad de que cada uno sabrá cumplir con su deber cuando la hora de cumplirlo sea llegada.
Réstame tan sólo dar las más expresivas gracias, en mi nombre y en el del Ejército, al señor gobernador civil de la provincia, quien no ha dudado un momento en abandonar sus más perentorias obligaciones para honrar con su presencia este solemne acto en que se enaltece la memoria de un soldado, no por humilde menos digno.
Pueblo de Osa de la Vega: ¡Viva España! ¡Viva el rey! ¡Viva el Ejército español!
Terminó el acto dando un abrazo el gobernador civil, señor Peris, a la madre de Gregorio Catalán Valero, que se hallaba sentada a su izquierda, y diciendo al pueblo:
“Con este abrazo que doy a quien dio el ser al héroe cuya memoria perpetuamos con la lápida que acabamos de inaugurar, abrazo también a los honrados vecinos de Osa de la Vega, que tantas demostraciones de fervoroso patriotismo está dando.”

El diario ABC, edición de Madrid, de 12 de diciembre de 1969, en las páginas 43 y 44 ofrece los preparativos para la instalación de un monumento dedicado a Gregorio Catalán Valero en Osa de la Vega. El artículo lo firma Martín Álvarez Chirveches:
MONUMENTO A UN HÉROE DE FILIPINAS
Las campañas de ultramar tienen un eco romántico en la vida actual porque las guerras de aquella época contaban aún con la posibilidad de la gesta individual o de un grupo reducido, merced a que el hombre, con su espíritu, disciplina y valor, jugaba un papel decisivo en el combate o en la defensa de un reducto cercado y asediado por centenares de hombres. La campaña en Cuba o en Filipinas sirvió de tema a películas o a relatos periodísticos y también para libros que han transmitido a las generaciones posteriores el espíritu de lucha de un Ejército que, como el español, dio siempre pruebas del más alto grado de heroísmo y de fidelidad a la patria y a la bandera que la representaba. Pero entre los centenares de anécdotas y de relatos sublimes, destaca la defensa de Baler, llamada “los últimos de Filipinas, porque con ella se cerró la permanencia de España en aquella tierra entrañable para nosotros por múltiples conceptos. En Osa de la Vega se va a erigir ahora un monumento a uno de los hombres que más destacaron en aquella gesta maravillosa. Osa de la Vega es una población integrada en esa gran llanura que son las tierras de la Mancha en Cuenca. No lejos de Belmonte, fue la cuna de Gregorio Catalán Valero, y de ese pueblo partió, siendo entonces un zagal, para combatir por Filipinas y por España, allí donde fuere necesario. Le cupo la suerte de figurar entre “los últimos de Filipinas”, esto es, entre aquel puñado de hombres que al mando del teniente Cerezo se defendieron días y más días frente al asalto. Gregorio Catalán Valero fue uno de los voluntarios que más veces subió a cambiar la bandera que flotaba en lo alto de Baler. No vamos a repetir lo que ya es sabido sobre aquel heroico acto militar y que Gregorio Catalán Valero justificó un día, de regreso a su pueblo, diciendo: “Yo no digo nada de lo que fue aquello, algún día se sabrá de cuanto allí se hizo”. La historia, la vida y los hombres de hoy dieron la razón a las palabras de Catalán Valero, al que ahora, en su villa natal, se le va a erigir un monumento. La maqueta le ha sido presentada recientemente al gobernador civil, a quien acompañaba el presidente de la Diputación. Se trata de unas gradas que coronan la figura de Gregorio Catalán Valero con el uniforme de “rayadillo”, una corona de laurel a sus pies que ofrenda la figura de una joven campesina manchega, esto es, una representante del pueblo donde naciera uno de los últimos de Filipinas. Al pie del monumento, una fuente como símbolo inacabable de la raza. Hay que hacer constar que ya este pueblo había descubierto hace bastantes años en honor de quien tanto y tan bien sirvió a la patria.

En el mismo periódico, ABC, de fecha 19 de septiembre de 1970, el mismo corresponsal del periódico, don Martín Álvarez Chirveches, habla del monumento ya erigido en honor de Gregorio Catalán Valero:
La historia de nuestros pueblos suele estar repleta de nombres que destacaron por sus diversas facetas a lo largo y ancho del mundo. Algunos de estos personajes protagonizaron hechos fabulosos, si pensamos que la dimensión humana de su gesta se inició en un medio rural, para ir luego a sentar plaza de descubridores, colonizadores o héroes. España fue siempre así. Gregorio Catalán Valero fue uno de esos seres privilegiados que no encuentran diferencias entre servir a su nación arando los campos, que es la heroicidad cotidiana, con participar en una serie de batallas luchando por su honor y por su fuerza. Por eso, cuando hubo de salir de Osa de la Vega, su pueblo natal, marchó con esa decisión de quien emprende una aventura, bajo los auspicios de la Patria, que le llama a su servicio. Participó en múltiples acciones de guerra allá por las tierras de Filipinas. De lucha en lucha, Gregorio Catalán Valero llegó formando parte de un puñado de héroes al fuerte de Baler. No hubo acción en la que no interviniese, ni sufrimiento que no compartiera ni esperanzas que dejase de sentir tanto en el transcurso del combate como en las horas de calma o en aquéllas que se dedicaban a buscar alimentos y ropas. Quizá porque sentía vivamente esa esperanza, era siempre voluntario para cuidar de la bandera que seguía flotando a lo largo de días y más días como una caricia de la España lejana. Ahora, en su pueblo natal, allí donde la tierra fue removida para una nueva sementera, se ha rendido homenaje a Gregorio Catalán Valero, erigiéndole un monumento que es la más bella lección del heroísmo sencillo a las generaciones actuales. Allí quedó, en la plaza de su pueblo, hecho bronce y piedra, tras recibir el cariñoso recuerdo de las autoridades que presidieron el acto y las gentes de su comarca.
El monumento, obra del escultor Santiago de Santiago y financiado por suscripción popular, había sido inaugurado el día 14 de septiembre de 1970.

Manuel Amores


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